Birmania, el país de las sombras

14:05:00

Nora Aragón
Capital: Naipyidó
Idioma oficial: birmano
Población total: 54 000 000 habitantes
Forma de gobierno: República presidencialista
Presidente: Thein Sein
Moneda: kyat


 Antigua colonia británica en el sudeste asiático, este país siempre ha vivido en la sombra. Los diversos dirigentes que lo han gobernado se han encargado de que así sea. En la desconocida Myanmar (el otro nombre que recibe el país), una dictadura militar gobernó con puño de hierro durante cuarenta años, desde 1964. Este gobierno, impopular entre la población birmana, ha dirigido el país enfrentándose a todo tipo de opositores: ante la derrota en las urnas en 1990 de la Junta militar del SPDC frente a la Liga Nacional para la Democracia, el gobierno encarceló a todos los líderes de la oposición, entre los que se encontraba Aung San Suu Kyi, la conocida activista que ganó el Premio Nobel de la Paz en 1991. La Junta Militar no le permitió salir del país para recoger su galardón y tuvo que esperar hasta 2012 para viajar a Oslo. En este mismo año fue elegida como representante en el Parlamento Birmano.

El lema del país, “La felicidad se encuentra en una vida armoniosamente disciplinada” dice mucho de su sociedad y de los procesos histórico-políticos que ha vivido en los últimos años: en 2007, en lo que se conoció como “la revolución azafrán”, la comunidad de monjes budistas decidió tomar pacíficamente las calles para protestar en contra de las políticas del gobierno dictatorial y reivindicando la democracia. La importancia que tiene la religión en este país y el hecho de que se considere a los monjes como figuras intocables, no fue suficiente para la Junta Militar, que reprimió bruscamente las protestas. Pero con este movimiento pacífico, los monjes consiguieron que la prensa pusiera el foco de atención –aunque fuese por poco tiempo- sobre este país que tanto tiempo había vivido en la sombra.

En mayo de 2008, la Junta Militar redactó una nueva Constitución, como parte del “nuevo plan hacia la democracia” que ha favorecido la aparición de tímidas reformas y la facilitación de las relaciones comerciales con otros países, pero que en el término político deja mucho que desear: las elecciones celebradas en 2010 fueron todo menos democráticas. Se pusieron todo tipo de trabas legales a la oposición para que no lograra participar en los comicios, y la Liga Nacional para la Democracia pasó a ser un partido clandestino y a no poder presentarse a las elecciones.

Decorando esta turbia escena política, aparecen los mágicos paisajes que se extienden a lo largo de Myanmar, caracterizados por las vistas de pagodas y templos que se salpican como castillos de arena húmeda en la playa, extensos campos de arroz, bosques de palmeras, pequeños pueblos a la orilla del río…



En un país con el 89% de la población budista, los templos forman una parte indispensable del paisaje. En Bagan, la antigua capital del Imperio Birmano, se sitúan los templos, pagodas y estupas más conocidos del país, creadas en su mayoría en el siglo XI por el rey Anawratha. A pesar de los intentos de la Junta Militar por destruir la belleza de estos parajes mediante pésimas restauraciones de los templos, sin conservar su estilo original; y planes de construcción de pistas de golf y complejos turísticos, una puesta de sol sobre la pradera de Bagan podría dejar sin aliento al mismísimo Stendhal.

Yangón, la capital comercial de Myanmar, está coronada por la famosa y dorada Pagoda Schwedagon, construida hace 2500 años, que todavía sigue intacta contemplando apaciblemente el caos en el que está inmersa la ciudad.

Otro de los destinos mágicos por excelencia es la Pagoda Kyaiktiyo Golden Rock, en el estado Mon. La denominada “Golden Rock”, es un auténtico espectáculo que desafía las leyes de la gravedad: se trata de una minúscula pagoda edificada sobre una enorme roca cubierta de pan de oro que se sostiene en el precipicio de una estrecha superficie, completamente en equilibrio. Según la leyenda, la roca continúa inmóvil gracias al mechón de pelo de Buda que se encuentra en su interior.

Birmania es a pesar de todo, el país más pobre del sudeste asiático, con un 26% de la población viviendo en la pobreza. Pero la esperanza está comenzando a aparecer: las recientes reformas políticas han puesto fin a las sanciones impuestas por la Unión Europea desde 1987, y en tan solo un año, la inversión extranjera ha pasado de 240 millones de euros a 15.000 millones. Aún así queda mucho trabajo por hacer en este país para que consiga llegar a los niveles de desarrollo de países vecinos como Vietnam o Tailandia –la educación es un bien escaso para la población, las infraestructuras sanitarias están muy mal desarrolladas, el respeto a los derechos humanos es casi algo desconocido…-, la dictadura militar arrasó con todo recodo de desarrollo que quedaba y su población ha sido olvidada –concienzudamente o no- por la comunidad internacional hasta nuestros días.

La pobreza acuciante parece que no pasa factura a la población, que vive el día a día risueña y llena de vitalidad, sin preocuparse en demasía del mañana.

Esta paradoja no es la única con la que cuenta Myanmar, en un país con los recursos petrolíferos y de gas natural más grandes del continente asiático, la energía es un bien muy preciado: solo los grandes núcleos urbanos cuentan con tendido eléctrico que funciona únicamente a determinadas horas del día.

Birmania, una tierra singular llena de contrastes. 

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