Refugees Welcome

12:17:00

Mario Martín
Europa, año 2016. Una barcaza de madera con unos 300 refugiados se hunde en las costas griegas, ante la atenta mirada de los vecinos. Ayudan a los voluntarios de las ONG lanzándose desesperados al mar, intentando salvar la vida de niños, mujeres y hombres que se ahogan en las olas de un mar que no da tregua a nadie, ni siquiera al más débil. Más de 242 personas se salvan gracias a la labor de voluntarios y vecinos, los verdaderos héroes de toda esta película de terror, porque aunque no lo creamos, aún queda gente con humanidad en este mundo de inhumanos. Pero más de cincuenta personas desaparecen y once mueren, de las cuáles, ocho son niños. Toda una tragedia. Un día más en la isla de Lesbos.

Mientras todo esto ocurre, nos tiramos de los pelos viendo las imágenes de todas estas desgracias, con el exponente máximo del pequeño Aylan, fallecido en un naufragio en las costas de Turquía y cuya foto en la playa sin vida hizo temblar la conciencia de la más fría de las personas. Y nos lamentamos. Y nuestros dirigentes se lamentan aún más, pero cuando les preguntamos ¿y por qué no les ayudamos? Su respuesta siempre es la misma, un triste «estamos haciendo todo lo que está en nuestras manos por ayudar y acabar con el conflicto».

Y efectivamente, intentamos acabar con la guerra con bombas. Les acogemos poniendo muros más altos en las fronteras o pagando a Turquía para que corte el flujo de refugiados que llegan a nuestras costas. En países como Hungría no queremos recordar la memoria histórica, y cerramos la frontera a los refugiados sin acordarnos de que Hungría vivió una de las mayores crisis de refugiados en la segunda mitad del siglo XX. No nos gusta dar, pero recibir es otra cosa.

Todos los refugiados llegan creyendo que les acogeremos con los brazos abiertos, como se merece una persona que viene de una de las guerras más brutales que el mundo ha conocido. Nada más lejos de la realidad...

Esto nos parece una desgracia horrible, porque toda esta pobre gente muere en las costas de nuestra casa. Pero en Siria, los refugiados son ciudadanos, y mueren a diario. Sin ningún tipo de escrúpulos y con la paz por bandera, bombardeamos casas, escuelas, hospitales, personas... personas al fin y al cabo, como nosotros. Y apoyamos a criminales como Bashar Al Assad porque es un mal menor, pero solo salimos de Guatemala para entrar en Guatepeor.

Mientras tanto, ambas partes del conflicto han comenzado a utilizar la táctica del asedio, y el caso más grave de una ciudad sitiada ha sido el de Madaya. Estaba prohibido cualquier tipo de ayuda a la ciudad, ni entrada de material médico, ni médicos, ni comida, nada. Un vecino de la ciudad contaba que el kilo de arroz valía 200 euros y que ejecutaron a un hombre por intentar introducir pan en la pequeña ciudad. Las autoridades intentaron dejar claro quienes son los que mandan.

En el punto en el que el panorama era absolutamente insostenible, la ciudad se abrió gracias a una tregua entre Al Assad y los rebeldes, permitiendo la entrada de ayuda humanitaria por parte de la ONU, la Media Luna Roja Árabe Siria y el Comité Internacional de la Cruz Roja. Lo que vieron fue demoledor. Se encontraron con la ciudad de los esqueletos vivientes, como así la llamaban algunos supervivientes a la guerra y el hambre. Una ciudad donde las palabras «Derechos Humanos» son absolutamente desconocidas. Se encontraron con la muerte.



Los supervivientes contaban que comían cada dos días hojas de árboles y algo de agua. Las imágenes nos recuerdan a los campos de concentración nazis, a la época más oscura de Europa, la que nadie quiere recordar. Quizás es por eso que no nos acordamos más de dos días seguidos de los horrores que ocurren en Madaya, y como en Madaya, en catorce ciudades más según Unicef, que también han sido sitiadas, impidiendo cualquier tipo de ayuda humanitaria. Y puede que una de las soluciones sea esa, humanidad. Puede que si nos ponemos en la piel de un vecino de Madaya, cuyo único pensamiento al levantarse es el de si va a poder comer hoy o mañana, cuya única meta es la de sobrevivir junto a su familia, nos diésemos cuenta del dolor humano. Puede que solo poniéndonos en la carne de un hombre sirio entendiésemos un poco más la necesidad de no mirar hacia otro lado. Porque no solo importa la muerte en Europa, porque no sirve de nada extremecerse con la muerte del pequeño Aylan mientras cerramos fronteras y seguimos dejando que ocurran muchas más muertes como las de Aylan pero que no tienen fotografía. Y es que los datos hablan por si mismos: la guerra en Siria afecta a más de seis millones de personas, unos dos millones de personas no tienen ayuda en los campos de refugiados de Turquía, Jordania, Líbano y Egipto, el 84% de los sirios no saben si podrán comer mañana...

Pero al fin y al cabo, mañana iremos al trabajo, veremos a nuestro hijos, iremos al gimnasio, comeremos en familia, veremos una película y pasaremos por nuestro ayuntamiento orgullosos al leer el cartel de «Refugees Welcome» pensando en lo profundamente buenos que somos. En definitiva seremos «felices» en nuestro mundo, porque al fin y al cabo, mañana será otro día más... pero no para muchas personas sirias. 

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