Síndrome de Stendhal: sobredosis de belleza

13:39:00

Sara Uña
Contemplar una obra de arte comúnmente provoca una activación del sistema límbico del  cerebro humano que se traduce en emoción e, incluso,  “piel de gallina” para los que muestran interés y sensibilidad hacia lo que observan o escuchan. Una sensación de placer que catapulta al sujeto a un especial estado de satisfacción.

Sin embargo, el Síndrome de Stendhal, Síndrome del viajero o Síndrome de Florencia son las denominaciones dadas para referirse a una anormal respuesta del cuerpo humano ante la observación de lo bello.  Se trata de un trastorno psicosomático que afecta a personas hipersensibles a quienes la observación continuada de un cuadro, una escultura, una película, una pieza musical o un paisaje  provoca manifestaciones físicas extremas, en ocasiones hasta el punto de dejarlas exhaustas. Aumento del ritmo cardíaco, visión borrosa, mareos, vértigo, confusión, sudores fríos, angustia, excitación, sentimientos alternos de euforia y depresión... son algunos de sus múltiples síntomas.  En estas manifestaciones la belleza sobrepasa al sujeto y lo deja a merced de sus emociones.

Esta curiosa patología fue descrita por primera vez por el escritor francés Stendhal (pseudónimo de Henri-Marie Beyle) en su obra  Napoli e Firenze: un viaggio di Milano a Reggio, quien aseguró haberla experimentado en su viaje a Florencia en 1817. No ha de extrañar que el marco de su experiencia fuera tal, la urbe de confluencia de elevados autores y depósito de riqueza artística y monumental referente en el viejo y nuevo Mundo. Stendhal quedó extasiado mientras admiraba las cúpulas, frescos, esculturas y demás bellas artes que ante él se mostraban en la Basílica de Santa Cruz, cuya situación narró en las siguientes líneas:

"Un monje se acercó a mí. [...].Le rogué que me abriera la capilla, en el ángulo noroeste, donde se encuentran los frescos del Volterrano. Me condujo hasta allí y me dejó solo. Ahí, sentado en un reclinatorio, con la cabeza apoyada sobre el respaldo para poder mirar el techo, las Sibilas del Volterrano me otorgaron quizá el placer más intenso que haya dado nunca la pintura. Estaba ya en una suerte de éxtasis ante la idea de estar en Florencia y por la cercanía de los grandes hombres cuyas tumbas acababa de ver. Absorto en la contemplación de la belleza sublime, la veía de cerca, la tocaba por así decir. Había alcanzado este punto de emoción en que se encuentran las sensaciones celestes inspiradas por las bellas artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de la Santa Croce, me latía con fuerza el corazón; sentía aquello que en Berlín denominan nervios; la vida se había agotado en mí, andaba con miedo a caerme”.

Pero no fue hasta siglo y medio después cuando quedara definido como síndrome diferenciado de la mano de la psiquiatra italiana Graziela Magherini que, con el estudio de múltiples casos recogidos en turistas que visitaban Florencia, logró dar unidad a tal sintomatología cuando escribiera El síndrome de Stendhal en 1989. Desde entonces se han identificado numerosos de estos incidentes, y en Florencia como en otros lugares de proyección artística, además de que ha formado parte de la literatura romántica hasta nuestros días.

Actualmente gran parte de los psicólogos clínicos lo reconocen como verdadero, pero el síndrome de Stendhal no ha quedado libre de controversia en cuanto a su aceptación por la comunidad médica y científica. Muchos atribuyen la presentación de esos estados físico-psicológicos  en los turistas a la sugestión fruto de ser conocedores del síndrome, de manera que, ante cualquier síntoma “normal” como un mareo debido a la intensidad y cansancio por una larga jornada de visita cultural, creen padecerlo. En cualquier caso, presentar alguno de sus síntomas más extremos es inusual y generalmente está ligado a personas que ya previamente tienen un especial interés o admiración por una obra o autor.

Como con todo, nadie está exento de sufrirlo pero, conocedores de este extraño trastorno, no habría que tomarlo de forma que asuste y se tenga miedo a empaparse por el arte sublime, pues lo más seguro es que observar tales obras no haga mella en el subconsciente de otra manera que no sea la de nutrir el intelecto y de permitirnos disfrutar de lo grandioso que nos rodea. 


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