Sucedió en París

12:55:00

Lidia Torres
París - 1928.

 

Fue en aquel París, en el París que desbordaba arte, literatura, cultura y revolución artística en cada esquina. El París de la “Generación Perdida”. De artistas como Ezra Pound, F. Scott Fitzgerald o Hemingway yéndose a tomar algo al “Café Le Dome”, mientras este último recopilaba las memorias que después recopilaría en su libro “París era una fiesta” donde expone el ambiente de la época y cuyo mejor resumen lo encontramos en esta cita:

  “ París no se acaba nunca y el recuerdo de cada persona que ha vivido allí es distinto del de cualquier otra. Siempre hemos vuelto, estuviéramos donde estuviéramos, y sin importarnos lo trabajoso o lo fácil que fuera llegar allí. París siempre valía la pena y uno recibía siempre algo a trueque de lo que allí dejaba.

Corrían los “felices años 20” y París se explayaba 70 años antes de que una muchacha llamada Amélie lo recorriese a bordo de los pequeños detalles de la vida y un ciclomotor.

Donde quizá La Maga y Horacio – eterno Cortázar con su “Rayuela”-  ya se buscaban entre aquellas calles y terminaban encontrándose en el Pont des Arts.

Ese Pont des Arts hacia donde 70 años después peregrinarían miles de enamorados de todo el mundo para sellar su amor con un candado y una promesa. El Sena ha contemplado historias de amor mucho más verdaderas que la mayoría de las iglesias.

sucedió en París y comenzó en el 1928

Simone.

Mujer cuyo aspecto, origen, edad, ocupación y, en definitiva, quién era exactamente, desconocemos. Pero, os diré algo, conocemos su pasión, su profundo sentido del amor; y eso es más importante que todo lo anterior.

Les hablo de la historia de Mademoiselle Simone, de la historia que sólo conocemos a través de unas cartas perfectamente ocultas que durante -quién sabe cuánto tiempo- han permanecido en un sótano de París. De una mujer que, con cuya expresión, se deduce que pertenece a las clases más altas parisinas. Y que dirige sus numerosas cartas a un misterioso amante llamado Charles, un hombre más joven y casado.

Por si lo anterior no fuese lo suficientemente atrevido para la época, y más concretamente, para una mujer de la época; el contenido de las cartas no deja indiferente a nadie.

Las cartas suponen el compendio de un amor que transgrede los límites éticos, las barreras del clasismo, la edad y los tabúes en una sociedad profundamente conservadora.

En las cartas, Simone expone a su amante cada una de sus fantasías que, a medida que nos adentramos más en el universo de su correspondencia se tornan cada vez más explícitas, más impacientes y más intensas. Las fantasías, los deseos que ésta le expresa se apoyan cada vez más en recuerdos de algunos de sus más eróticos encuentros.

La manera de expresarse de Simone refleja los profundos y más íntimos deseos de una mujer que, pese a la época en la que vivía, se atrevió a mostrar sin pudor alguno. Estos deseos, pese a ser expresados explícitamente donde no hay cabida para eufemismos (Dios nos libre de la literatura erótica del siglo XXI si su mejor representante es “50 sombras de Grey”), están encuadrados en un contexto y una expresión maravillosamente culta, donde se aprecia con claridad la alta clase a la que Simone pertenecía.

A medida que avanzan las epístolas, la pasión que hay entre nuestros dos amantes es cada vez más intensa. En éstas, Simone refleja la profunda embriagadez en la que se ve envuelta, en una espiral de lujuria, amor e incluso ligeros atisbos de sumisión – no meramente en el plano sexual- que cada vez la atrapa más y más. Las respuestas a las cartas de Simone, la correspondencia de Charles a ésta, a medida que avanza la lectura se intuyen más dispersas en el tiempo y se aprecia la dependencia emocional, el apego real que siente ella por él porque le ruega una respuesta y le expresa la profunda tristeza que siente cuando no están juntos y no pueden disfrutar de sus “placeres prohibidos”.

En sus cartas, sobretodo acercándonos al final de su correspondencia observamos la creciente preocupación de ésta por la presencia en la vida de Charles de la esposa de éste. Siente celos, y sufre al sentirse “la segunda, la mera amante, el puro pasatiempo”; pero tal es su dependencia que, literalmente dice: “Para retenerte a mi lado, tengo que soportar a la otra y sufrir, o bien no sufrir y renunciar a ti. Pues prefiero sufrir y retenerte.”

En las últimas misivas Simone expresa con profunda desesperación que su amado no quiere verla desde hace tres semanas, le reprocha esa falta de interés, le pregunta por qué ahora no quiere saber de ella y se siente culpable de haberle complacido en algo mal.

En la última carta, no sin volver a intentar que Charles vuelva a contactar con ella, a mostrar ese atisbo de esperanza de regreso que aún tiene; se despide de él. Pero se despide con eso, con la esperanza de esa pasión desenfrenada y el amor que sintió durante los casi tres años que duró su secreto romance.

Esta historia y estas cartas me dejaron profundamente turbada.

Me intenté poner en el lugar de aquella mujer, Simone, una mujer atada por la sociedad en la que vivía, por la clase social a la que pertenecía en la que imperaba un profundo heteropatriarcado por el que la mujer no podía expresar ni realizar sus íntimos deseos con quien le pareciese oportuno, sino que vivía condicionada por lo que la sociedad, y su contexto social le estableciese.

Estas cartas tuvieron que suponer para ella una inmensa liberación. Es la expresión de una mujer valiente, inteligente y, aunque sólo fuese en su íntimo interior, libre.

Libre de todo convencionalismo de la época. Libre para hacer lo que sus deseos le sugiriesen.

Esta es la historia de un amor, de una época, de una sucesión de relatos eróticos; pero, sobre todo, es la historia de la libertad autoimpuesta de una gran mujer.

Sucedió en París. Sucedió en Simone.






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