Vuelve

18:40:00


Germán Prieto

Cada año, por estas fechas cercanas a San Valentín, no puedo más que acordarme de ti. De tus labios, de tus enormes ojos, de tu pelo e incluso de tus cejas. Recuerdo la primera vez que me mandaste un mensaje a Tinder, después de haberte acosado a emoticonos de corazones y a proposiciones indecentes toda una semana. Siempre tuve miedo a que me bloqueases, me reportaras y alguien de la cúpula de la red social decidiera separarnos, pero no.

Grabado en el pecho tengo el día en el que decidiste contestar a aquel apuesto pesado, me hice un tatuaje con la fecha. “Vale, una cena, invitas tú”. Aquellas cinco palabras y las dos comas que separaban sintácticamente la maravillosa oración hicieron que mis cimientos se tambalearan. Ni siquiera pude acabarme aquellos fideos orientales que con sumo cuidado me había preparado al microondas. Qué más da, si no saben a nada. Eras tú, la chica de mis sueños, la única de las cuatrocientas que se dignó a contestar mis mensajes de copia y pega. Eso, amigos, es amor.

Después de aquel poético texto, decidiste mandarme otro sin que me diera tiempo a reaccionar, absorbido por aquel síndrome de Stendhal que me oprimía el pecho. Fue un simple “luego me piro que he quedado”. Qué sencillez de palabra, qué vocabulario tan rico y qué maravilloso iba a ser escucharte y traspasar la barrera de aquella pantalla y las doce fototetas que tenías colgadas en tu perfil.

Un tercer mensaje me deslumbró raza, poderío y fuerza. Eras la luz que me iba a guiar hacia un futuro más próspero. Eras Mariano Rajoy antes de entrar al gobierno. Y lo mejor es que eras real, como la corrupción en Valencia. Tus doscientas fotos poniendo morritos, las ciento cuarenta y siete imágenes de comida y tus pies de foto emulando a Quevedo, “cena con las lokis”, “imprescindibles” y “gochas”. Lirismo. Y la constancia de que habías pasado el verano en Benidorm gracias a esas piernas morenas tumbada en la playa, o el recuerdo de Kiko Rivera en algún antro a las seis de la mañana. Eras absolutamente real. Como la Casa Real.

“Sé que no estoy hablando con Mario Casas, ¿me enseñas una foto tuya?”. Era el momento de descubrirme. Comencé a buscar el sitio adecuado para realizar la toma. Pensé en la cocina, en el salón y en el dormitorio. Ambas tres cosas eran lo mismo, vivir independizado con un título de periodismo da para una casa de varios metros cuadrados. Lo bueno es que no me hace falta poner la calefacción, debajo tengo un Kebab.

Me decanté por el baño, cerré la puerta y miré al espejo. Mi cara debía pasar por varios kilos de filtros después, pero la posproducción era algo necesario si quería dar buena impresión a aquella chica. Decidí colocar una fregona apoyada en la puerta, daba más realismo a la toma. No quería parecer ni mucho menos un multimillonario.

Mi dilema en ese momento residía en salir con camiseta o sin ella. Siendo fiel a mi personaje virtual, debía deshacerme de aquella pieza de ropa. Lancé la prenda al suelo, tenía alguna que otra mancha de tomate que cubría letras del logo de Caja Rural.

El pecho, que portaba una selva amazónica apenas sesgada por la mano del hombre, debía ser depilado. Comencé a rebuscar en el armario las cuchillas y la espuma de afeitar con nulo resultado y al final decidí rasurar con tijera. No admitiré que fuera mala idea, pero la obsesión por dejarlo uniforme y con el menos pelo posible hacía que me pillara en ocasiones la piel con el filo de las tijeras. Bendita locura por amor, la primera de tantas.

Con la barriga no podía hacer nada, mas que intentar rebajarla metiéndola para adentro. Dejaría de respirar los segundos que tardara el móvil en disparar la imagen, pero el resultado estaba seguro de que merecería la pena.

Nada más lejos de la realidad. El esperpento fotográfico que había realizado estaba cercano a las corrientes surrealistas de los años veinte, pero algún que otro emoticono tapando las partes del cuerpo poco agraciadas y las gotas de cal (quiero pensar que es cal) del espejo, que se solucionarían con un par de corazones milimetrados para tapar imperfecciones, redondearían la perfección fotográfica.

Los ojos más grandes, el pelo que sea rubio, los brazos más musculosos y mejor quitarme los siete granos que poblaban mi cara y me hacían parecer un adolescente asumido en el acné. Estuve tentado en arrancarme la cabeza y poner la de Chris Hemsworth, pero tal vez fuese algo cantoso.

Con el resultado finalizado, pulsé el botón de enviar y comencé a rezar un Rosario. “No está mal, ¿mañana te parece?”. Mañana y toda la vida, querida. Mañana y toda la maldita vida a tu lado.

Al día siguiente, portando un suculento ramo de flores del más bello Jardín Botánico de la ciudad y con mi mejor chándal, me encaminé hacia el restaurante donde habíamos quedado. Las zapatillas, que encendían luces al pisar el suelo, radiaban pasión y distinción. Nada podía salir mal.

Llegué al local y me adentré para localizar una mesa disponible. Todos sabemos lo complicado que es cenar en un Burger King un sábado. Ella todavía no sabía en qué restaurante tendríamos la velada, pues quedé con ella en aquella misma calle aportando misterio, que sé que os gusta.

Su cara de sorpresa al verme sentado allí desde la cristalera fue notoria. No era para menos, me había duchado. Incluso me había lavado el pelo con champú. También había pasado por la sección de perfumería de un centro comercial de camino para restregarme todas las colonias posibles por el cuerpo.

“Al menos no parece que seas un depravado sexual”. Aquella frase introductoria me hizo reconocer la bella voz que escucharía durante la noche, aunque los gritos del cumpleaños infantil que teníamos a nuestra izquierda supondría alguna que otra interferencia a la fluida conversación.

Media hora sin hablar, silencios que matan. Yo, embobado por su mirada mientras engullía aquel menú. Ella, mirando alrededor y sonriendo a un amigo suyo de toda la vida que tenía pinta de haber conocido en aquel momento.

Decidido a preguntar cómo se llamaba en realidad, pues estaba cansado de mencionar siempre su seudónimo, se aproximó una chica. Saludó a Gatitarechoncha69 y preguntó que quién era yo. Dijo que un amigo.

Lo único que no me hizo gracia es que se pidiera el menú más caro de todos y que quisiera postre. Era su pretendiente, no Bankia. Bueno, Bankia no.

Llevábamos casi hora y media en la mesa cuando me arranqué a mantener una profunda conversación con ella. Comenzamos hablando de sus tetas. Luego seguí narrando la historia de aquel tatuaje en el brazo que me hice en el centro de menores. Y continué comentando lo bien que se me daban los concursos de eructos y lo irregular que es el Real Madrid. Sin duda habíamos congeniado muy bien, ella repetía una y otra vez si esto era real. Tener a un príncipe azul delante era más bien de sueño, lo reconozco.

Miraba de un lado al otro buscando, según dijo, la cámara oculta. Además de guapa era graciosa. En ese momento me arranqué a explicarle mis variados gustos musicales. Comencé por Camela y continué hablando de Kiko Rivera y Los Chunguitos. Quién iba a decir que Gatitarechoncha69 iba a ser fan acérrima de Los Chunguitos.

Y quién sabe si fue el chándal, las zapatillas, el Burger o Los Chunguitos, pero acabó pasando de sus amigas y fuimos a un Bingo a jugar un par de cartones con los abuelos que poblaban el recinto.

Maldito momento en el que decidí adentrarme con ella en aquel local. Y maldito sea el premio especial San Valentín que el gerente del establecimiento había dictaminado para aquel turno de juego.
 
Cien mil euros que fueron a parar a Gatitarechoncha69. El cartón, las seis copas que llenaban la mesa de juego y la dignidad esfumada, corrían a cargo de mi persona.

Al menos supe cómo se llamaba al recoger el premio y marcharse de fiesta con varios camareros del Bingo.

Vuelve.

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