Cuando el océano vuelva, por Cristián Wagner

16:33:00

El frío inexorable de ese invierno en particular tenía a casi todos los habitantes del pueblo confinados en sus hogares. Las pocas calles de tierra, que en otras épocas yacían atiborradas de comercio ambulante y transeúntes de lánguido andar, eran ahora el vestigio indescifrable de un recuerdo difuso. La soledad de la plaza central era conmovedora.

Amigo eterno de los silencios y el más profundo anonimato, concurría a pesar de las bajas temperaturas al último banco intacto de la plaza, desde el cual podía observar durante largas horas la derruida iglesia, cerrada hace varios años tras el último terremoto.

De vez en cuando algún perro callejero me hacía compañía, y yo lo acariciaba con melancolía, haciéndolo mi confidente, contándole mis pesares, los que me tenían apesadumbrado y relegado a la soledad más absoluta. Una soledad que adopté como propia, aislándome de toda interacción.

El invierno propiciaba instancias para prolongar mi desamparo. Las fuertes ráfagas de viento que hacían danzar a los árboles combatían mi esmero por disfrutar del aire libre y despejar esas ocurrencias -cada vez más frecuentes- que me atormentaban en el destierro de mi propia habitación.

Los acontecimientos de aquél funesto febrero, cuando la rebeldía de la tierra y el indómito océano se manifestó, provocó una desazón generalizada. Las casas de adobe cedieron y gran parte de los sobrevivientes debieron abandonar el pueblo, dejando atrás los recuerdos de una vida.

Yo lo perdí todo, menos mi habitación. Desde aquella madrugada deambulo por las cuatro paredes, sopesando mis posibilidades, y cuando el invierno me lo permite, por las desérticas calles, a ver si en la añoranza puedo encontrarme al fin con el océano para que se lleve esta vida carente de coraje.



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