Espejo, por Cristián Wagner

20:27:00

Todas las noches, antes de acostarse, Robert abría su ventana y encendía un cigarro. Lo fumaba pacientemente viendo a los últimos hombres y mujeres pasear a sus perros. Observaba las terrazas del edificio de más allá, las ventanas generalmente cerradas y las siluetas moverse a través de las habitaciones cuyos murmullos transcurrían sobre el silencio como hormigas desorientadas. Echaba el humo que se hundía en la noche según la vehemencia del viento, siempre viéndolo escapar y repartirse por el aire hasta desaparecer.

Parecía que las personas rehuían de las ventanas porque nunca se dejaban ver completamente, siempre escondidas detrás de cortinas u oscuridades que a esas horas, cuando la noche ya era definitiva, eran lógicas, acaso demasiado tarde para encontrarse en la distancia de los edificios.

Sin embargo una noche, tras encender el cigarro correspondiente y buscar en la callecita el rastro de algún peatón tardío, se dio cuenta que en el edificio de enfrente había una ventana abierta desde la cual una mujer se erigía en medio de la oscuridad de su habitación. De inmediato Robert se detuvo en la mujer que parecía petrificada en una quietud inexorable bajo una sombra viciada por la soledad.

A lo largo de su cigarro la mujer no se movió, o al menos eso pensó Robert, que intentaba variar la mirada, pero inevitablemente volvía siempre a ella. Cuando acabó el cigarro esperó alguna reacción, mas nada ocurrió y cerró su ventana y se acostó a dormir.

La siguiente noche y como todas las noches abrió la ventana y encendió el cigarro y no tardó en darse cuenta que la mujer nuevamente le hacía compañía, una compañía, por cierto, distante y difícil de interpretar. Esta vez no quitó la vista de ella, que tampoco hizo amagos por derrotar su acostumbrado sosiego.

A partir de ese momento todos los días esperaba ansioso el último cigarro de la noche para enfrentarse a su enigmática acompañante, esperando secretamente algún movimiento o indicio. A veces imaginaba que la mujer era una estudiante de finanzas y otras veces que era la enfermera de un anciano moribundo.

Una vez incluso la saludó moviendo las manos, silbando suavemente, pero no encontró respuesta. A medida que pasaban las noches la inquietud se hacía más evidente hasta el punto de no poder pegar un ojo, desvelándose toda la noche, abriendo nuevamente la ventana a horas irrisorias, confirmando con desgarrado asombro cómo la mujer permanecía inmóvil.

Los días de Robert comenzaron a ser días rotos en los que abundaban conjeturas inconclusas sobre la mujer que sólo bullía de noche, que parecía esperarlo a él como el espejo que adolece de sórdidas verdades y al que bastaba enfrentar para descubrir que el polvo que lo cubría estaba hecho de fragmentos derruidos por la desmesura de una vida carente de preguntas correctas.

Sus cigarros nocturnos estaban acompañados de miedo, y el que antes era el último ahora era uno más de muchos que se quemarían sucesivamente a lo largo de noches insomnes adornadas por esa presencia maldita.

El dormir se hizo quimera y su vida evidenciaba la falta de sueño. El cansancio era inherente, perdió el trabajo, dejó de comer, lloraba mientras fumaba pero luego ya no le quedaban energías y sólo observaba a la mujer con resignación, preguntándose con dificultades la razón de sus exasperantes apariciones.

En una ocasión Robert abrió la ventana y se dispuso a fumar el tercer cigarro de la noche. La mujer seguía sumida en sus usanzas, cuando de pronto una serie de delicados movimientos quebraron la oscura costumbre que los separaba, desapareciendo increíblemente ante sus ojos en medio de la oscuridad de su habitación.

Asombrado por el inusual suceso soltó el cigarro que cayó al vacío en un vaivén veloz y sostenido. Refregó sus ojos, buscó sus lentes y observó nuevamente para confirmar el hecho de que la mujer se había movido, que el espejo se había roto y ya no quedaban más fragmentos a la vista.

Encendió otro cigarro que fumó trémulo y con expectación, preparándose para una nueva aparición de la mujer. Sin embargo, acabado el cigarro, la soledad era absoluta y así también el cansancio. Esperó quince minutos, aunque podrían haber sido horas, ya nada parecía regirse por cierta lógica, cerró la ventana, pensó por última vez en la mujer, y se quedó dormido.


También te gustará

0 comentarios

LA HEMEROTECA