Sala de espera, por Cristián Wagner

16:31:00

Raquel me mira de reojo y piensa que yo no me entero. Raquel me mira tocándose las manos, repasando con su dedo índice la palma de su otra mano, mordiéndose el labio, disimulando entre el tedio de la espera una observación azarosa. Me mira sentada desde el otro lado, moviendo los dedos de sus pies, separándolos y luego volviéndolos a sus posiciones. Me mira y piensa que yo no me entero.

Se toca el pelo, lo revisa como buscando alguna respuesta, como si ahí viviera alguna respuesta. Mira la humedad del techo y espera que yo desvíe la mirada a la ventana, o al televisor. No me doy por aludido y continúo en lo mío, en la misma espera que nos une. Miro a veces hacia su sector, a ver si tropieza con mi juego, mas soslaya mis movimientos.

Cuando se levanta la señora de un poco más allá, quedamos solo yo y Raquel en la sala de espera. La dinámica queda en evidencia y se condice con esa tensión que nos ocurre a los que imaginamos demasiado.

A esas alturas ya nos sabemos de memoria. Sé sobre su cabello negro que amarrado descansa sobre uno de sus hombros. Sé sobre sus manos largas y delgadas, sobre su blusita blanca, sobre sus ojos negros y hondos. Ella sabrá de mi pelo desordenado, de mi prominente nariz y el tatuaje que llevo en una pantorrilla. Sabrá de mi seriedad irrevocable.

Entonces nuestras miradas se encuentran en un breve instante que fulmina las diplomacias. Me observan sus ojos desde lo recóndito de sus carices, los observan los míos, ávidos de presuntas determinaciones. Nos sonreímos en tregua flagrante y cuando el diálogo es inminente, la señora detrás del mostrador dice que es el turno de la señorita Raquel, que se levanta y se lleva consigo los fugaces albores de este idilio que ahora es la soledad de su nombre rondando mis pensamientos y el olvido al que perteneceré por no haber sido mi turno el siguiente. 


También te gustará

0 comentarios

LA HEMEROTECA