DAISY, de Rodrigo García: la madurez de los viejos rockeros

17:08:00


Ángel J. Martín
Texto y dirección: Rodrigo García 
Intérpretes: Gonzalo Cunill y Juan Loriente
Una producción de Bonlieu Scène Nationale Annecy y La Bâtie - Festival de Genève
Acercarse a un espectáculo de Rodrigo García (Buenos Aires, 1964) es siempre especial. Es uno de los creadores más personales del panorama teatral actual y eso marca. Irónico, poético y punk, pero esta vez más maduro y reposado. Bonaerense de nacimiento, asturiano de corazón y madrileño de adopción, creció como creador teatral con la movida y muchos aún recuerdan sus primeros pasos en la sala Pradillo junto a gente como Chete Lera. Ahora desarrolla su trabajo al frente del Centro Dramático Nacional de Montpellier. Su teatro durante dos décadas caló hondo y ensanchó el asfixiante panorama teatral madrileño. Y no sólo por sus textos, sino por su personal visión escénica, que convierte el teatro en un verdadero espacio cívico, ético y estético donde todo cabe. El último montaje que vimos de él en España fue Gólgota Picnic en el Teatro María Guerrero de Madrid, en 2011. Así que ya había ganas.

Y más en Valladolid, donde cada año por estas fechas el TAC alivia bastante las estrecheces de la programación ordinaria con montajes de este calado. Por eso la Sala Concha Velasco del LAVA, reunía este lunes a gran parte de los amantes del teatro de Valladolid. No a todos, porque en un día raro, un lunes, el teatro estaba casi lleno pero no del todo. Para pensarlo. Y eso que cada montaje del dramaturgo y director es un acontecimiento entre los círculos interesados en el teatro contemporáneo. Sus propuestas siguen teniendo ese algo que puede hacer que lo rechaces de plano o lo consideres un faro a seguir, pero que a pocos deja indiferentes. Y no defrauda. Daisy es una obra que destila madurez, rigor y cuenta con dos bestias escénicas en estado de gracia: Juan Loriente y Gonzalo Cunill.

Daisy destila preocupación ante la pérdida de las palabras, y de su capacidad para ser portadoras de emoción, ante su deriva hacia la simplificación, hacia el smiley. Las palabras motivan algunos de los textos más tristes y bonitos de la pieza. Y ahí es donde Rodrigo García se hace fuerte en esta pieza, en un texto complejo, lírico y lleno de su potente ironía, guiado esta vez por una puesta en escena más sobria que de lo habitual en Rodrigo García, y eso sí, con una interpretación simplemente perfecta. Daisy es otra cosa. Si trazamos una línea que vaya desde texto puro (un recital poético) a la pura representación (el gesto sin palabra), está mucho más cerca del primero. O sea, que ocurren muchas menos cosas y el peso del texto es mayor que de costumbre.

Ahí veo yo la fuerza de la pieza. Con la contundencia de Prefiero que me quite el sueño Goya a que lo haga cualquier hijo de puta (Para mí su mejor obra, cuestión de gustos, pero si no la habéis leído corred a hacerlo ahora mismo en este enlace), pero con más poesía. Con la sorprendente coherencia de sus textos. Con momentos estelares de revelación. Personalmente, rescato un momento especialmente emotivo para mí: Cunill suelta un largo monólogo que repite la fórmula "esto para esto otro", encadenando motivos, momentos fuera de toda lógica y ordenando series poéticas de objetos y conceptos. El resultado de toda esta acumulación es realmente emotivo.

Rodrigo García avanza en la depuración de su estilo. Si hace unos años parecía que se teatro comenzaba a perderse por los meandros de las orgías de líquidos viscosos, tomatinas e imágenes sobrecogedoras, ahora el peso del texto aumenta mientras que descienden el dramatismo, o lo visual en la puesta en escena (Aunque no renuncie a ello del todo, como se ve en ese escena final moto incluida). Hay danzas con perros, caracoles, tortugas, cucarachas vivas y cuartetos de cuerda de Beethoven, pero hay también mucho más de lo que, a primera vista, se puede apreciar en escena, todo el poso que el texto logra dejar en la mente y en los sentidos de cada espectador. Se trata de un espectáculo poético con un texto que no tiene nada de agradable ni de conformista.

En resumen, un espectáculo redondo, de relojería y emotivo al mismo tiempo, que nos muestra la madurez de uno de los viejos rockeros de la escena contemporánea. Habrá muchos que echen de menos esa faceta más punk del Rodrigo García inicial, o su efervescencia visual, pero yo agradezco esta faceta suya más reposada. ¿Será que como él yo también voy cumpliendo años?

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