El niño quiere ir al bar, por Cristián Wagner

14:29:00

Es el sector del barrio en el que se concentra el comercio. Desde supermercados hasta peluquerías, estación de metro, verdulerías, tabaquerías, tiendas de mascotas, bares, farmacias y pequeñas plazas. Son las doce del día y caminan por ese lugar el padre, la madre, el hijo y la hermana de la madre. El hijo es un regordete que lleva, al parecer obligado, una pelota en sus brazos y viste la camiseta del Madrid. Luce evidentemente molesto, al borde del berrinche y pregunta hacia dónde van, a pesar de que la respuesta es bastante obvia debido a los preparativos que hicieron en el piso y que incluyeron la pelota y la camiseta. La madre, que fuma un cigarro largo y delgado, le dice que al parque, y el padre, que se ríe con un meme que su mejor amigo le publicó en el muro de Facebook, dice que a jugar fútbol. Sin embargo el niño, que sabía muy bien dónde iban y que hizo la pregunta para iniciar su coartada, no quiere ir al parque. Joder, dice, que yo no quiero ir al parque. ¿Y dónde quieres ir? pregunta su tía con voz amable y sonriéndole. Quiero ir al bar le responde. ¿Al bar? Sí, dice, y vuelve a decir, esta vez con la voz a punto de quebrarse y desencadenar un llanto espantoso, un llanto de pataleta irremediable y tardía, quiero ir al bar y sentarme. Entonces los padres que se vuelven al hijo y lo miran extrañados. ¿Al bar? Sí, quiero ir al bar y que nos sentemos. Joder, hijo, ¿tú qué crees? ¿Que nos sobra la pasta? dice la madre con enojo, soltando una humareda que se pierde rápidamente. El padre, un poco más comprensivo, le dice que sabe cuánto le gusta ir al bar, pero que ir al bar es cosa de adultos, que cuando ellos van con él es en ocasiones especiales, que cuando él sea grande podrá ir con sus colegas a tomar cerveza, pero ahora irán al parque a jugar al fútbol, como tenían planeado.

El niño, que claramente está viendo frustrados sus intentos por ir a sentarse a comer las tapas que tanto le gustan y llenarse el estómago con dos coca colas, da rienda suelta a un llanto agudo, un llanto inoportuno, propio de un acostumbrado a que se le concedan todos sus tempranos caprichos, llanto que perfectamente puede haber sido preparado como último recurso para lograr su objetivo mediante la inevitable irritación de sus mayores. Joder, Pedro, ¿Que no te he dicho que no nos sobra la pasta? Iremos al parque y punto, y por favor no llores más que estás armando un escándalo, dice la madre mientras enciende otro de sus cigarros largos y delgados. No obstante el padre, entristecido o quizás avergonzado por las palabras de su señora, parece compadecerse del pequeño regordete y la aparta unos momentos para convencerla de ir al bar. Pero su señora no está contenta, discuten en susurros, él intenta mantener un volumen bajo, pero a ella no le importa que la escuchen. Luego de unos tensos momentos, durante los cuales la tía le secaba las lágrimas a su sobrino, el padre, con enorme sonrisa (la madre mosqueada sin decir nada) le dice a su hijo que irán al bar, y le revuelve el cabello. Se sientan en la terraza, los tres adultos piden cerveza y el regordete pide una coca cola y engulle las patatas bravas. El padre, que sigue revisando su Facebook, comenta el meme que su amigo le publicó en el muro, y todos parecen interesados, menos la madre, por supuesto, que enciende un nuevo cigarro y se levanta. De un zarpazo le quita el teléfono a su marido ante la mirada estupefacta de todos, se acerca hacia uno de los cristales del bar y saca una foto. Luego vuelve, se sienta y le entrega el teléfono de vuelta. Es la foto de un papel en el cual se lee: ¿En paro? Se busca camarero.




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