Morir o no morir, por Antònia Fontirroig

15:51:00

Decía Baltasar Gracián que la muerte para los jóvenes es naufragio y para los viejos es llegar a puerto. En mi caso particular, dos veces he estado cerca de ese naufragio. Empezaré por la más reciente. Volvía una noche a casa, en coche, y en menos de una fracción de segundo perdí el control del automóvil. Choqué y avancé varios metros a golpe de vueltas de campana hasta que una pared me detuvo. No tardaron en detenerse los primeros coches para auxiliarme. Llamaron a una ambulancia y trataron de tranquilizarme y mantenerme consciente. En el hospital me hicieron mil pruebas, me inyectaron todos los calmantes que necesité y dejaron que me fuera a casa “porque el peligro ya había pasado”. Al año de esta experiencia me encontré a una excompañera de instituto en la calle. Nunca habíamos sido amigas y me sorprendió que me parara para preguntarme cómo estaba. Siendo cortés y sin pensarlo mucho, le dije que bien. Me dijo que la última vez que me había visto había creído verme muerta. No disimulé mi asombro, no sabía de qué me estaba hablando. Entonces me contó que trabajaba en Urgencias y que me había visto echada sobre la camilla del hospital la noche del siniestro. Comprendí entonces a qué venía la pregunta de “¿Cómo estás?” y volviendo a ella le reiteré que estaba bien, que me había librado “por los pelos” de irme al otro barrio y que lo más “fastidioso” es que desde entonces sufro miniataques de pánico cada vez que un cristal se rompe a mi lado, pero que lo elegante de esto es que sólo lo noto yo.

Unos años antes ya había tenido un primer contacto con ese “naufragio”, más temible si se puede, al tratarse de una vida mucho más joven e inocente. Era una tarde de un sábado de verano. Unos padres habían dejado a mi cargo a su hijo, que entonces contaba con seis meses de vida (el bebé más lindo que he conocido). Estábamos en el sofá comiendo sandía. Esa mañana, el abuelo del niño había traído una sandía de su huerto para que la probáramos. La sandía no es una fruta que me seduzca, pero al ser un regalo, me corté un trozo y me la comí. El niño tenía dientes, pero todavía no masticaba. Solían darle trocitos de fruta que saboreaba —no olvidemos que el gusto es el sentido más desarrollado de los bebés—, yo lo sabía y no vacilé en hacer lo mismo: le di un trocito de sandía que empezó a chupar carialegre. Yo le miraba divertida. De pronto el pedacito de sandía desapareció de mi campo visual. El niño lo había absorbido sin tragarlo. Le abrí la boca para tratar de coger el trozo de fruta con los dedos. No lo logré. Lo golpeé varias veces la espalda con la mano para movérselo de sitio. Fue inútil. Lo cogí por las piernas y lo puse cabeza abajo, sacudiéndolo con fuerza y cuidado a la vez. No había manera. Llevaba no sé cuanto tiempo sin respirar y la cara le estaba cambiando de color. Se estaba yendo delante de mí y yo no sabía cómo impedirlo. Yo ya temía lo peor cuando, milagrosamente, empezó a llorar. El trocito de fruta se había movido. El niño ya respiraba. Poco a poco el color le fue volviendo al rostro. Él lloraba y yo también. Esperé que recuperara el aliento con total normalidad y lo abracé y besé entre frases desesperadas que él nunca recordará. Lloré mucho rato. Cuando me hube calmado, cogí el teléfono y llamé a la madre. Se lo conté. Lejos de tratarme de irresponsable, me dio las gracias por haberla llamado. Fue muy comprensiva.

Siempre he sido de la opinión que, aunque una persona esté pasando por el peor momento de su vida, no hay excusas para las drogas ni para el suicidio, pues contemplo otras vías para salir de una mala racha; pero estoy segura que si aquel día el niño hubiera muerto, yo me habría suicidado.





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