Píramo y Tisbe

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Laura Macías
La famosa tragedia de Shakespeare tiene una procedencia mucho más primitiva de la que creemos. La idea original del drama de Romeo y Julieta cobró vida en las obras de Ovidio hace años. Allá por el siglo VIII Las metamorfosis del romano cuentan la historia de Píramo y Tisbe, un relato oriental original que narró por primera vez el poeta.

Las fábulas mitológicas que tantas historias recogen, tienen infinidad de tragedias románticas y esta es una de las menos conocidas.

Píramo y Tisbe


La antigua Babilonia de Semíramis (esposa del mítico rey Nino, de la antigua Asiria) fue hogar de Píramo y Tisbe. La leyenda cuenta que ambos jóvenes eran vecinos. Sus familias vivían en casas adyacentes germinando sin querer lo que se convertiría en uno de los romances más trágicos de la historia. 

Sin motivos aparentes, su amor se vio frustrado. Ambas familias vetaron sus encuentros, su relación era imposible. Pero el amor no entiende de barreras. No conoce la razón y no escucha a quiénes lo frenan. 

Una grieta en la pared que compartían las dos casas fue el hilo conductor del que pendía la pasión que compartían Píramo y Tisbe. Solo a través de ese agujero podían hablarse, escucharse y enamorarse más cada día.

El hartazgo provocado por esta situación tan insoportable les llevó a quedar un día a escondidas, lejos de la ciudad y de sus familias.

Un moral blanco al amparo del monumento del rey Nino fue el sitio escogido por los dos. Huyeron cuando cayó la noche y todo quedó en silencio.

Tisbe fue la primera en llegar al lugar, pero se encontró con una leona que volvía de caza y que se aproximaba a beber de una fuente cercana que allí había. Corrió a esconderse en una cueva perdiendo en el camino el velo que vestía.

La leona jugueteó con él. Lo llenó de la sangre del buey que había matado y después se marchó por el mismo camino. Píramo no tardó en llegar. Bajo sus pies halló las huellas de la leona y el velo ensangrentado del amor de su vida. Atando cabos, se atravesó el pecho con su propia espada cayendo in situ. La sangre salía a borbotones del pecho del enamorado regando y tiñendo los frutos, que pendían de aquella moral blanca, de un intenso color púrpura.

No tardó Tisbe en volver de su escondite y en ver el cuerpo de Píramo en el suelo ensangrentado. Sacó de su pecho el puñal y no le tembló el pulso. Se atravesó el corazón sin vacilaciones al no encontrar un motivo más importante por el que seguir con vida más allá de una vida sin el hombre al que siempre había amado. Cayó muerta sobre el charco de sangre que terminó de volver las moras negras y rojas por dentro, para siempre y desde entonces.

Cuentan que los dioses, ante tal acto de amor sincero, hicieron que las familias de los protagonistas de esta tragedia entraran en razón quemando en una misma urna ambos cuerpos, pero parece ser que a Shakespeare no le convenció el final de esta historia. 

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