«The greatest»

11:13:00


Mario Martín
El rostro del carisma, la prepotencia jamás creída pero siempre consciente de ella, el hombre al que todos aman, «the greatest».

Nunca fui un apasionado del boxeo, mi pasión siempre fue el fútbol y no me llegaron a interesar los cuadriláteros demasiado. Veía algún combate con mi padre de los actuales boxeadores, algo de Pac-Man, algo de Money Man, pero nunca con gusto ni disgusto, quizás con más indiferencia que otra cosa.

Tuve claro cuales eran los deportes que me gustaban hasta que mi padre me dijo que debería ver combates de cuando él era joven si realmente me interesaba esto. Y la verdad es que no lo estuve hasta que vi a un hombre flotar, flotar y bailar, bailar y picar, picar y acabar con todo hombre que se ponía en su camino.

Vi el boxeo en el orden opuesto al natural, vi a Mayweather, a Paccquiao, a Oscar de la Olla, a Tyson, Holyfield, pero nunca vi algo como lo que ese hombre hacía en un ring. Ali flotaba como una mariposa y picaba como una avispa, aunque estoy seguro de que sus rivales preferirían mil veces que les picasen doscientas avispas a recibir un solo directo de Ali. Ese hombre hacía lo que nadie podía hacer, nunca se cansaba. He visto alucinado como esquivaba veintiún puñetazos en diez segundos y todavía le quedaba fuerza para bailar (literalmente, bailar). Ese hombre no era de este planeta, pero si lo fuese, todos sabíamos que era el más grande.

Vi sus grandes batallas, le vi morder la lona contra Joe Frazier, le vi vengarse en «Thrilla in Manila», le vi resurgir contra George Foreman en «Rumble in the Jungle» en Kinshasa (Congo) y le vi tumbarle en el octavo round. La avispa picó pero sobre todo flotó, ese día flotó. La pena es que todo esto lo vi treinta años tarde, pero sirvieron para hacerme, ahora sí, amar el boxeo. Incluso me compré una camiseta con su nombre de nacimiento, Calsius Kley (nombre que nunca le gustó por ser de esclavo y que se cambió cuando se convirtió al islam), unos guantes de boxeo con un saco pequeño. Mi locura era tal que quise apuntarme a clases, pero yo nunca fui bueno flotando, ni picando, ni siquiera intentándolo. 

La eterna sonrisa, como Ronaldinho, estos dos te hacían amar un deporte que igual ni te gustaba, pero cuando salían a jugar querías verles, y querías escuhar lo que decían antes y después de cada espectáculo. Ali era un fanfarrón, pero no uno cualquiera, porque para que todos supiésemos que era el mejor, primero tuvo que creérselo el mismo. «The prettiest, the greatest», y el mundo lo sabía. Su sentido del humor, sus gestos y su palabrería daban juego y hacían que le quisiesen. 

Y como yo no podía quedarme aquí, en el deporte, no me conformé con ver sus combates, quise saber del hombre. Ali no solo luchó contra boxeadores implacables en los rings, sino que también luchó por la igualdad racial. Se negó a ir a Vietnam, por lo que le quitaron 3 años la licencia de boxeo. Ali peleó por lo que creía que era justo, por sus sueños y por los de muchos. Pero su batalla más dura, la que nadie puede ganar, la combatió durante treinta años contra el parkinson. El 4 de junio de 2016 la pelea acabó con amargo final, pero para mí, aunque llegase treinta años tarde, siempre serás «the greatest».

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