(A veces) es mejor seguir recordando

17:05:00


Cristián Wagner 

Uno no elige los recuerdos que almacena en la memoria. Hay, claro, muchos que tienen importancia y que de alguna u otra forma nos definen como personas, o tal vez son indicios de lo que éramos y cómo veíamos el mundo en ese entonces. En cambio hay otros que sólo están ahí, como puestos por el azar, acompañándonos toda la vida y apareciendo de vez en cuando.

Este recuerdo es uno de los segundos, esos que aparentemente no importan. Hace mucho tiempo que no lo recordaba por lo que me sorprendió encontrarme en la fila del banco, una fila extensa y lenta, pensando en este particular momento.

Cuando era pequeño me gustaba jugar con legos. Con ayuda de mi madre armaba complejas construcciones y a veces, por cuenta propia, construía objetos de nula estética pero cargados con toneladas de imaginación. Me gustaba ir ensamblando de manera antojadiza y luego tejer historias fantásticas en cada recoveco de mi casa, cuyos protagonistas eran siempre los pequeños hombrecitos de lego de color amarillo.

Pero a medida que iba perdiendo el interés, sin importar en qué lugar de la casa estuviera, dejaba desparramadas las piezas, lo que provocaba una reprimenda por parte de mi madre y la pérdida inevitable de una que otra pieza o figura.

Fue así como una tarde después de llegar del colegio y hacer mis tareas me fui arrastrando, porque por alguna razón tenía la costumbre de aprovechar el suelo resbaladizo, hacia el living, en donde después de saltar sobre el sillón encontré detrás de la puerta que daba hacia la entrada de la casa uno de los hombrecitos de lego.

No sé por qué pero me quedé observándolo con asombro, preguntándome cuánto tiempo llevaba allí ese solitario hombrecito, cuyo cuerpo seguía en posición de asiento con los brazos alzados hacia arriba, esperando tal vez el rescate que no le daría.

Desde aquella tarde y cuando su imagen de soledad se aparecía en mi cabeza, rondándome junto a la leve reprimenda que me llegaría si alguien lo encontrara, fui asiduo testigo de su presencia, detrás de esa puerta, junto al polvo y pronto a las telarañas.

Pasó el tiempo y ese espacio de la casa, tan accesible para todos pero a la vez tan escondido, se transformó en lugar de peregrinaje, hacia el cual yo llegaba con ánimos de meditación, extrañado aún por la inexorable soledad del hombrecito de lego.

Nunca hubo tentación para llevarlo conmigo, parecía correcto verlo en su designio y esperar algún cambio en la norma. Tardes enteras éramos sólo él y yo. Toda una vida suya la de quietud y desamparo.

“Siguiente” escuché por segunda vez y una mano me tocó el hombro. Como despertando de un sueño caminé hacia la caja, entregué el depósito y luego me fui a casa pensando en que no tengo recuerdos respecto al destino del hombrecito de lego.

Al llegar lo primero que hice fue ir hacia el living con la extraña sensación de querer volver a mirar detrás de la puerta. Algo me decía, una especie de corazonada, que allí podía seguir estando el hombrecito de lego, envuelto en polvo y soledad, pero a la vez parecía un escenario demasiado improbable. 

Aún así inexplicablemente sentí una batalla de fuerzas, una que me llamaba a asomarme detrás de la puerta y otra que me decía que dejase todo como estaba. Qué idiota, pensé. Era como si en caso de no estar, el último retazo de infancia se hubiese ido, y en el caso contrario, como si la soledad siguiera siendo una constante de la vida del hombrecito de lego, acaso espejo de la mía.

Entonces tomé la manilla de la puerta.

Pero desistí.  

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