SEMINCI 2016. Cine iraní: la censura como puerta al arte

19:03:00






Alberto Monje

Irán no es conocido, precisamente, por la libertad con la que viven sus ciudadanos. Los directores de cine, como artistas que pueden ser visibles en el resto del mundo, disfrutan de aún menos libertades que el resto de sus convecinos. Los realizadores iraníes se han visto siempre en la necesidad de mostrar en pantalla las crudezas con las que vive su población oprimida por el régimen de los Ayatolás, nada permisivo con ellos. Sin embargo, actualmente, el cine iraní es uno de los más valorados en los festivales internacionales. Aquí, en la edición número 61 de la Seminci, hemos podido ver dos películas persas en la Sección Oficial: Dokhtar y The Salesman. En total, actualmente, el cine de este apasionante país de Oriente Medio posee una Palma de Oro de Cannes, un Oso de Oro de Berlín, un Oscar, un León de Oro de Venecia y dos Espigas de Oro de Valladolid. De hecho, en 2006, en el Festival de cine de Berlín seis películas iraníes fueron a competición. ¿Cómo es posible que los autores iraníes saquen su cine al exterior teniendo un gobierno como el que tienen?

Todo comenzó en 1997. Por aquel entonces, un desconocido para el mundo occidental, Abbas Kiarostami presentó en Cannes su película El sabor de las cerezas y consiguió la respetadísima Palma de Oro a la Mejor Película. A partir de ese momento, una ola de pequeños directores persas vieron que su trabajo podía ser apreciado en el exterior  y comenzaron a rodar películas. Después llegó Jafar Panahi, que en el año 2000 se llevó el León de Oro de Venecia por su película El Círculo. En el año 2014, en horribles circunstancias personales que luego explicaremos, este director se llevó el Oso de Oro en Berlín por Taxi Teherán. Y no fue el primer premio de la Berlinale para el cine iraní; en 2011, Asghar Farhadi, director que este año pasa por la Seminci con The Salesman, presentó Nader y Simin: una separación y consiguió los premios a la Mejor Película, Mejor Actor, Mejor Actriz y los entregados por el Jurado Ecuménico y por el periódico Berliner Morgenpost a la Mejor Película del festival.

Actualmente, el cine iraní goza del apoyo del gobierno nacional, que no duda en censurar las que no les conviene. Muchas de sus películas son promovidas por el Ejecutivo islámico, algunas, aunque parezca contradictorio, cargadas de crítica social al régimen. Sin embargo, muchos directores han sido perseguidos por el Gobierno. El caso más sonado ha sido el del ya citado Jafar Panahi.

Jafar Panahi fue encarcelado por primera vez en 2009, cuando ya era reconocido internacionalmente, por apoyar una serie de protestas sociales. Sin embargo, su aislamiento duró unas horas. Tras varios pasos más por la cárcel, en 2010, de nuevo en prisión, Panahi comenzó una huelga de hambre para pedir su liberación. Directores como Steven Spielberg, Oliver Stone, Ken Loach, Abbas Kiarostami, Asghar Farhadi, o actores como Juliette Binoche y Robert de Niro, firmaron una petición internacional para que saliera de prisión. Parece que surtió efecto porque diez días después, Panahi salió del la cárcel. Sin embargo, su calvario no acabó ahí. Desde este momento hasta la actualidad, Panahi afronta una inhabilitación de veinte años para hacer cine, conceder entrevistas o salir del país. Desde ese momento ha dirigido tres películas saltándose todas las leyes islámicas, la última de ellas, Taxi Teherán, ganó el Oso de Oro en Berlín. ¿Cómo lo ha hecho?

La primera de estas películas se titula Esto no es una película. Rodada con el móvil de Panahi en un periodo en el que estaba en arresto domiciliario, el realizador enseña al espectador partes de guiones que tiene escritos, sus motivaciones a la hora de hacer cine y lo mucho que le duele la situación personal por la que está pasando. La película llegó al Festival de Cannes en un pen-drive metido dentro de una tarta de cumpleaños. Taxi Teherán, por su parte, es un retrato de la sociedad actual iraní, a la vez que un homenaje del director a sí mismo, contada en forma de falso documental. El propio Panahi es el protagonista de una película que narra un día en la vida de un taxista en la capital persa. Como se puede ver, nada para los pies a Jafar Panahi. Pese a que se puede enfrentar a la pena de muerte, se juega la vida por el cine.
Sin punto de comparación, pero también Abbas Kiarostami (con una Palma y dos Espigas de Oro a sus espaldas) dirigió sus últimas películas fuera de Irán por motivos de censura.

El cine iraní actual suele tratar temas sociales, sobre todo relacionados con la situación de la mujer. El gobierno en estos días es bastante más permisivo que gobiernos anteriores, por lo que los censores realizan más la vista gorda. Aun así, que a nadie se le olvide: Panahi sigue en Teherán, sin prácticamente salir de casa, sin poder hablar. Sus gritos ahogados se transformarán en películas que harán peligrar su vida. Y no es el único, decenas de artistas anónimos viven en la misma situación. Pero ellos no cuentan con el respaldo internacional. Es insoportablemente doloroso.

En esta situación llegamos a la 61 Seminci.

Forushande (The Salesman)

Emad y Rana tienen que huir de su casa en el centro de Teherán porque unos trabajos en su edificio hacen que  comience a derrumbarse. Se instalarán en piso de un amigo, pero un incidente que tiene que ver con la inquilina anterior del apartamento trastoca sus vidas.

Asghar Farhadi, con su estilo particular, vuelve a sumergir al espectador en una película de apariencia simple, pero con muchas capas de profundidad. El realizador iraní cuenta con una pareja protagonista que afronta a lo largo del film los sentimientos de duda, incertidumbre, culpa y venganza. Farhadi, que firma también el guión, parte de una situación banal, el cambio temporal de residencia de un matrimonio, para meter a sus protagonistas en un laberinto emocional difícil de salir. La película es puro Farhadi, pero también recuerda en gran medida a otras grandes obras internacionales como El secreto de sus ojos o Prisioneros.

Forushande ganó en Cannes los premios al Mejor Actor (Shahab Hosseini) y Guión. El primero, quizá no estuviera para ganar, pero no por ello su trabajo deja de ser impecable. El libreto de Farhadi es una maravilla. Quizá no llega al nivel de su obra magna: Nader y Simin, una separación, pero representa otra salto hacia delante en al carrera del realizador.

Dokhtar

Setareh, una joven que desea alejarse del férreo control de su casa, se marcha a Teherán desde su pequeña ciudad para despedirse de una de sus mejores amigas. Desobedeciendo la prohibición de su padre, coge el vuelo; pero a su regreso el avión no podrá despegar. Cuando su padre se entera de lo ocurrido decide irse hasta Teherán en coche a buscarla, donde se reencontrará con su hermana, a la que rechazó por no seguir las expectativas que había puesto en ella.


Con una historia cotidiana, el director Reza Mirkarimi logra tocar la fibra del espectador: un padre estricto y de mentalidad cerrada que parece haber perdido todo tipo de sentimientos se ve enfrentado a  las mujeres que le quieren y se obliga finalmente a abrirse a ellas. Gracias al film, las inflexibles y machistas relaciones que se sostienen en muchos casos en las familias de Oriente Próximo llegan al público occidental.

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