2016, el año del apagón

21:06:00


Germán Prieto Guerra

Si ha salido vivo de 2016, considérese un afortunado. Deje de luchar por un momento por no atragantarse mientras Anne Igartiburu explica como un papagayo y año tras año la complicada y desconocida mecánica de las campanadas en Puerta del Sol y eche la vista atrás. Como si estuviera agonizando y su vida pasara por delante de sus narices, reviva el 2016, vuelva a recordar los momentos que han marcado un año repleto de lutos y de giros inesperados.

Nadie recordará este año como una muestra del aburrimiento que pueden causar los días en este desquiciado planeta, sino más bien como una montaña rusa de inesperados acontecimientos que marcarán los años venideros y, sobre todo, como una desmesurada muestra de lo que puede hacer el hombre de la guadaña por arrebatarnos los mayores iconos culturales recientes.

Habíamos estrenado nuevo año cuando conocimos el fallecimiento de David Bowie, la voz interplanetaria se apagó y el hombre de las estrellas comenzó un viaje que marcaría el devenir de los siguientes trecientos cincuenta y cinco días restantes. Aquel icono dio paso a otro, en una incansable lista de músicos fallecidos.

Nos dejó Prince, y con él la “Purple Rain” y la extravagancia que le caracterizaba. Sin habernos repuesto del fallecimiento de Bowie, teníamos que hacer frente al de otra estrella, y comenzábamos a rezar a nuestros dioses que era el momento de parar con la sangría musical del año.

Ni mucho menos, Leonard Cohen también fallecería en noviembre, y con él la cálida y a la vez abismal voz grave que ha acompañado a generaciones tan dispares. Si las calles de Nueva York no volvieron a ser lo mismo sin Sinatra, las habitaciones del Hotel Chelsea se apagaron al dejar de poder recitar la historia de dos mitos, ahora probablemente reunidos: Janis Joplin y Cohen.

Suplicando clemencia a un año del que nos hemos acostumbrado a intentar comunicarnos con él, y haciendo caso omiso a las recomendaciones de expertos musicales que coincidían en adelantar la entrada de 2017 cuando antes para acabar de una vez por todas con la desdicha, nos dejó el día de Navidad George Michael, otra leyenda que apagaba un año demasiado largo, otro icono que ocultaba su luz bajo la sombra de 2016.

Un año que se llevó a Manolo Tena, la voz carrasposa de la Movida. Un año que despidió a figuras como Juan Gabriel, o dejó huérfanos a los Eagles con la muerte de Glenn Fray. Otro hotel, esta vez el California. Sharon Jones, diosa del soul y el funk estadounidense. Keith Emerson y Greg Lake, Phife Dawg y Merle Haggard, Paul Kantner y Maurice White. Leyendas que se apagaron bajo la culpa de cuatro cifras.

Un año que dio un último puñetazo a Muhammad Ali, que asesinó a La Veneno y dejó huérfano al mundo del fútbol con la muerte de Johan Cruyff. Un año que despidió a Carrie Fisher y con ella un icono cinematográfico. La magia de Alan Rickman. El párrafo final de Umberto Eco.

Pero también fueron catastróficos los continuos atentados del Estado Islámico en Oriente y Occidente. Francia, Estados Unidos, Bélgica, Turquía, Siria, Nigeria, Iraq, Paquistán, Egipto, Alemania y un largo etcétera.

Un año que marcará el devenir de los siguientes tras los vuelcos electorales de Estados Unidos y Reino Unido. En el segundo venció el BREXIT y nos dejó atónitos. Reino Unido comenzaba a separarse de Europa cuando Estados Unidos decidió separarse del mundo y elegir a Donald Trump. Ni los comentarios machistas ni misóginos del magnate sirvieron para alejar de la Casa Blanca a un presidente que no sabemos cómo actuará, pero del que tenemos miedo.

Tanto miedo como al 2016, capaz de cerrar los ojos de Fidel Castro, que tantos gobiernos estadounidenses jamás consiguieron. Un año que dilapidó la Paz en Colombia con un rotundo “No” que dividió a un país. Un año que dejó en crisis a todo un gobierno en Brasil, mientras se celebraban unos Juegos Olímpicos que salieron de milagro.

Un 2016 que en España significó “bloqueo” y dejó tras de sí trescientos quince días sin gobierno, dos elecciones, varios partidos nuevos, cientos de intentos de pacto fallidos y la cabeza de algún que otro dirigente rodando por el suelo de la calle Ferraz. Al final, para volver al principio. Como si de una pesadilla se tratase.

Y es que 2016 se podría considerar pesadilla, de esas de mal gusto que no solo te levantan de la cama con el sudor resbalándote por las mejillas y la frente, sino que además perduran en el recuerdo por mucho tiempo y vuelven a ti como un péndulo capaz de inestabilizarte. Inestable como un bote cruzando el Mediterráneo.

En 2016 perdimos por completo el juicio y los valores. En estos trescientos sesenta y seis días dejamos morir. Y aquel mar que nos baña por los siglos de los siglos, aquel que tanto nos enorgullece y del que rozamos y consideramos sinónimo de vida, se convirtió en muerte. La crisis de los refugiados sacó lo peor de instituciones, de gobiernos y de todo un continente. La marca más negra de tantas que nos ha dejado este año.


El año del naufragio, el año del apagón.

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